domingo, 14 de noviembre de 2010

La Práctica

Estamos de prácticas este fin de semana. Uno de los fines de semana de entrenar lo que se ha aprendido en los cursos de PNL Remodelada. Me encanta el ambiente que se genera, de trabajo distendido, de hacer las cosas con sentido. Es diferente que en los cursos propiamente dicho se trata de explorar llevar más allá lo ya aprendido.

Es curiosa esta cuestión de práctica. Por una parte están los Gladwell “et al” que señalan la famosa cifra de 10,000 horas (¡más o menos!) para llegar a ser “realmente bueno” haciendo algo. Por otra están las personas que piensan realmente que con un curso de tres días (o tres semanas - me da igual) van a ser “coaches” o formadores consumados.

La realidad probablemente se encuentre en medio para la mayoría de las personas. Desde luego que entre tres días y 10,000 horas hay cabida para variación.
Aún así, las mismas personas que reconocen sin cuestión la necesidad de práctica para llegar a jugar bien al tenis, montar a caballo, esquiar o bailar merengue expresan decepción cuando perciben la necesidad de practicar las habilidades interpersonales o habilidades para la vida. Parece que cuanto más opcionales sean las habilidades en cuestión menos importancia tiene desarrollarlas. Claro que hay que trabajar para tocar bien la trompeta. Pero ¿para llevar bien mi vida? ¿Para comunicarme bien?

Quizá la idea sea que esto viene o debería de venir de serie. Es decir que nacemos o deberíamos nacer, sabiendo eso. Según esta idea, las personas “naturalmente” hacen bien las cosas básicas: vivir, crecer, amar, aprender, ganarse la vida, relacionarse, ser feliz, sentirse realizado. Muchas personas aún tiene la idea de que no es correcto o que no es justo que haya que aprender estas cosas y mucho menos practicarlo. O peor todavía, si no te sale es que eres así – cuestión de “personalidad”. Curiosa, aunque comprensible, noción esta.

Hay algo de metáfora en esto. La metáfora de las máquinas. Estamos rodeados de aparatos que no requieren de desarrollo – solo de un mínimo de mantenimiento y luego sustitución. Es fácil – demasiado fácil - aplicar la misma metáfora a nosotros mismos.

Otra cuestión es la propia idea de la repetición. Muchas personas tienen la idea de “practicar” asociada con repetir mas o menos machaconamente las mismas cosas hasta el aburrimiento, hasta la saciedad, sufriendo por el arte. Y la noción de repetir está, a su vez, asociada con no haberse enterado, con “no pillarlo” con ser un poquito torpe. Allí planea la sombra de ese ritual curiosamente ibérico de repetir curso escolar. Hace relativamente poco en uno de los talleres del curso de Consultoría Sistémica, uno de los camareros del hotel donde lo hacíamos le preguntó a Ana (mi pareja y una de las personas que más uso hace de la metodología DBM) en un tono entre vacile y complicidad “veo que Vd. repite mucho ¿que pasa, que no consigue aprobar?”

Y es que quien practica de forma consciente, explorando territorio nuevo, no está repitiendo. Por lo menos ese es el caso en esta metodología y por supuesto que no ocurre lo mismo en el caso de machacar una técnica o procedimiento hasta hacerlo habitual – de esto no estamos hablando. Más bien lo que estará haciendo es añadir otra dimensión de habilidad.

También es notable que las personas que practican llegan mucho antes a entender la amplitud y profundidad de lo que es posible. Descubren que, con esta metodología es un placer insospechado practicar, explorar y extender la experiencia. De repetir no tiene nada.